Palabra de honor
"No vine aquí para hacer amigos
pero sabes que siempre puedes contar conmigo"
Sants es la estación de tren más grande de Barcelona, por ahí pasan todos los trenes de cercanías, regionales y de larga distancia. La conozco bien, ya que los días que acudo a las clases saliendo del trabajo voy directa hacia dicha estación para ingerir algo de alimento en la única cafetería que se permite fumar de todo el recinto, para luego coger el metro y dirigirme a clase.
Aquel día me encontraba en la estación por otro asunto, era la mañana del cinco de enero, vigilia de reyes. Decidí ir a desayunar a la cafetería que permiten fumar. Estaba terminando el café con leche cuando en la mesa que yo me encontraba se acercó un treintañero de agradable semblante, rubio y de ojos claros que se dirigió a mí:
-¿Me permites que me sienta en esta mesa? Es que todas están ocupadas.
Miré alrededor y era cierto que no quedaba ninguna libre.
-Claro-dije yo que tenía intención de abandonar pronto el "sitio", pues ya había cumplido con mi cometido.
El chico se sentó sonriente enfrente de mí.
-Aquí es el único sitio en donde se puede fumar-comentó.
-Ya lo sé.
Empezamos a entablar una vana conversación, sobre el tiempo, pues siguiendo la tónica general de este húmedo invierno, llovía, y mucho. Hasta que me preguntó:
-¿Te vas de viaje?
-No, he venido a comprar una cosa.
-Pues si te cuento porque estoy aquí, tal vez te parezca una tontería.
Me lo miré pensando que no sabía hasta qué punto "mi parecer" podía ser de alguna validez, pero dispuesta a escuchar lo que me iba a contar.
Me explicó que días atrás había coincidido con una señora mayor, de unos setenta y pico de años precisó el treintañero, que inició una conversación con ella al igual que estaba haciendo conmigo en ese momento. Cuando se fue a despedir de ella le deseó un feliz año y que los Reyes Magos le trajeran muchas cosas. "Ay hijo, si supieras que hace más de siete años que no puedo ir a ver la cabalgata de reyes. Pues estoy sola y apenas puedo andar"-me contó que le había dicho. "Alguien tendrá que pueda llevarla: un sobrino, una vecina..."- "No, no tengo a nadie, pero... estoy pensando que si tú fueras tan amable de acompañarme este año hasta Girona a ver los Reyes, te pagaré cien euros". "Señora, a mí no me tiene que pagar nada. No se preocupe. Usted quiere ir a ver los Reyes Magos, yo la acompañaré".
-Y aquí estoy, esperando el tren para ir a recoger a la señora y luego coger otro hasta Girona para llevarla a ver la cabalgata- me dijo al finalizar su breve relato.
-Pues que sepas que no me parece ninguna tontería, al contrario, creo que es de admirar que te hayas comprometido en algo así- este fue "mi parecer".
Tras mi opinión, él me expuso que de pequeño su padre le había inculcado que cuando uno daba su palabra debía de cumplirla. No pude estar más de acuerdo con él y su padre, claro. Si no, qué sentido tiene el verbo, el don humano de la palabra.
Estuvimos un rato más conversando. Me habló de su padre, de su madre, de una novia que había tenido. Que era ibicenco y llevaba diecisiete años viviendo en Barcelona. Por mi parte, poca cosa conté de mí.
Podíamos haber estado hablando mucho más rato, pero yo debía coger un tren dirección a mi casa y él uno en busca de la señora. Así fue que nos despedimos con un apretón de manos y un placer de haber coincidido en la única cafetería que se permite fumar en la estación más grande de Barcelona.
Un" suceso curioso" más de los que he vivido junto a desconocidos, personas que sin conocer de nada, por "casualidades de la vida" o "simple coincidencia", se han acercado a mí. Son encuentros efímeros (así los llamo) que, por hache o por be, dejan un escueto recuerdo de su paso por mi vida.
Soy hombre de bien
a carta cabal
y como el DUQUE:
feo, fuerte y formal.
Mi fama me precederá
hasta el infinito y más allá.
Y vive Dios que escrito está:
"Si doy mi palabra,
no se romperá".

