Us, e, um, i, o, o
Estos vocablos, aparentemente sin sentido, son las terminaciones de la segunda declinación del singular del Latín.
Las memoricé a la edad de quince años. Del Latín me acuerdo de casi nada, si rebuscara en mi memoria, tal vez sería capaz de declinar el ala-alae o el magnus-magna-magnum. No sé de que forma gravé el “us-e-um-i-o-o” en mi cerebro que, a veces y sin ningún tipo de explicación, en mi mente aparecen (al igual que a uno le da por recitar la tabla de multiplicar) dichos vocablos.
Recuerdo aquel curso de 2º de BUP como algo demente, caótico. El BUP lo cursé en un instituto público, las clases eran mixtas, pero por curiosas circunstancias, al dividir los cursos (en total había cuatro de 2º de BUP), una de las aulas estaba formada por treinta alumnas y dos alumnos, estos, a la semana de asistir al curso pidieron el cambio de clase al jefe de estudios.
Así fue como en aquella clase se concentraron treinta adolescentes quinceañeras con un revoltijo de hormonas femeninas a flor de piel.
Los profesores detestaban nuestra clase, entraban por la puerta como un domador que se metía dentro de una jaula de fieras con cara de muy mala leche y diciéndose: “Aquí mando yo”.
El profesor de Literatura era un hombre muy soso y poco agraciado físicamente. Sus clases eran espesas, pesadas, aburridas. Se apellidaba Costa. Un día, una iluminada tuvo la brillante idea de escribir con carmín, en letras mayúsculas (y grandes, muy grandes) en uno de los ventanales de la clase: “Costa te amamos”.
La profesora de Física era una madrileña amargada porque tenía a su marido y su hijo viviendo en Madrid y ella no le tocaba más remedio que dar clase en una localidad de la provincia de Barcelona.
La de Geografía era una señora de clase que nos trataba como a vulgares adolescentes maleducadas.
El profesor de Catalán era un porreta, joven y guapo que hacía poco había publicado un libro y venía con aires de listo y creído.
El más risueño de todos era el profesor de Latín, un señor de Cáceres. Vestía siempre con traje, era amable y educado, en aquella época rozaría la cincuentena.
Un día, en clase de Latín, el señor de Cáceres nos confesó que le gustaba cantar, y sin pensarlo dos veces, allí, en vivo y en directo, en mitad del aula y con un chorro de voz se puso a cantar temas típicos de la tuna.
Nosotras, impasibles, escuchábamos el canto, eso sí, con la mano cubriéndonos la boca para disimular las risas.
El momento álgido del espectáculo llegó cuando se puso a cantar “Clavelitos”, se acercó a mí (a mí me tuvo que tocar), me puso una mano en el hombro y mirándome a los ojos me cantaba: “Si algún día clavelitos no te pudiera traer…No creas que ya no te quiero…” Yo, lo que creía era que me iban a salir los ojos de las cuencas de tanto esfuerzo que hacía para contener las ganas de reír. Por fin sonó el timbre que anunciaba el término de la clase (salvadas por la campana) y en cuanto el profesor salió por la puerta…en el aula se formó un coro de carcajadas que resonó en todo el edificio.
Hay que reconocer que el hombre cantó bien, tenía voz…vamos…ni Raphael en sus mejores tiempos.
Así pues, cuando en mi mente aparece la segunda declinación del Latín…tengo que acordarme del profesor de Cáceres… y de los “Clavelitos”, claro.







mixcelaneas dijo
Por qué tenías latín??? Aquí era inglés (o francés) pero el latín era materia de una prima de mi mamá cuando iba a la secundaria, así que imaginate, jajaja!!!. Noooo, no es que te esté imaginando de 60... pero... jejeje.
Qué recuerdos de la época secundaria. Nosotros éramos un curso que al final de la secundaria quedó en 15 chicas (más o menos) y 2 chicos (de 30 que éramos en un principio). Había una profe que les decía: "benditos sean entre todas las mujeres". Ayyy, cómo nos hacían reír esos dos, especialmente 1 de ellos al que siempre recordamos cuando nos reunimos 3 amigas de esa época.
Un besote!
26 Junio 2008 | 01:35 PM