La Apuesta
Considero que los trabajadores asalariados pasan demasiadas horas en el lugar de trabajo. A principios del siglo pasado los sindicatos reivindicaban la reducción de jornada a 40 horas semanales, después de cien años y con todos los avances tecnológicos, creo que aún son demasiadas horas, horas que convives con tus compañeros de trabajo que a veces son más de las que pasas junto a tu familia. De esa convivencia laboral con otras personas, puedes encontrarte con semejantes afines, con los cuales puedes llegar a entablar amistad o, por todo lo contrario, personas con las que puede haber una animadversión.
También existe la relación de simple compañero de trabajo, sin ser indiferente,se crea un vínculo superficial con otra persona . Una relación así, es la que mantuve con un compañero, al cual llamaré Pepito, hasta el día que apostamos.
Pepito era un hombre campechano de treinta y pico de años y aunque no era mi tipo tengo que reconocer que era lo que se suele decir: un hombre apuesto. También era muy simpático y muy “salido”. Todas las mujeres que trabajábamos allí ya estábamos acostumbradas a sus comentarios y miradas sutiles, o no tan sutiles, que nos dirigía.
Una vez le oí decir mientras miraba a una chica joven y muy guapa: -“Mira esa es como un cerdo”. Yo lo miré sorprendida, al tiempo que lo amonestaba diciéndole que se estaba pasando, y él todavía comentó: “No ves, se le aprovecha todo, no tiene desperdicio”. Pepito era así de “gracioso”.
Un día se convocaron unas elecciones para elegir un puesto de responsabilidad en el centro, se presentaron dos candidaturas, las dos eran mujeres. Una, la que había desempeñado el cargo durante mucho tiempo y la otra era la primera vez que se presentaba y demostraba estar tanto o más capacitada que la primera.
En el despacho, una mañana tranquila, debatíamos sobre el tema de la elección del puesto de responsabilidad, yo argumenté que el cargo sería para la que se presentaba por primera vez. Mientras hacía mi exposición entró Pepito que me escucho y rebatió mi razonamiento. Él era amigo de la que había desempeñado el cargo hasta aquel momento. Nos ensalzamos en una discusión defendiendo nuestra postura, la conversación acabó con un “¿Qué te apuestas?” por parte de él. Yo quedé un momento pensativa y contesté: “Una comida”.
Las elecciones se celebraron y mira por donde que yo gané la apuesta. Pepito asumiendo el papel de vencido me propuso de quedar el jueves de la semana siguiente para comer.
Todas mis compañeras de trabajo estaban al tanto de la jugada, e incluso alguna se sorprendió del atrevimiento de que yo decidiera ir a comer sola con el compañero “salido”.”-¿Atrevimiento? Al fin y al cabo es un compañero. Lo de Pepito es todo de boquilla”-contesté convencida ante ese comentario.
Llegó el día propuesto para la comida, Pepito y yo salimos juntos del trabajo y fuimos con su coche al restaurante que él había elegido y en el cual había reservado mesa para dos (yo por aquel entonces me desplazaba a mi puesto de trabajo en tren).
El restaurante era el mejor de la zona, yo quedé impresionada, e incluso le comenté que con un menú del día me conformaba.
Elegimos los platos, para beber él pidió el cava más caro de la carta. La
velada fue divertida, yo escuchando las trivialidades de Pepito mientras íbamos comiendo y bebiendo.
Salimos del restaurante, la estación de tren no quedaba lejos, caminando eran cinco minutos. Pepito se empeñó en que subiera al coche que me acercaba hasta la estación. Yo acepté la proposición.
Mi sorpresa fue cuando pasó de largo la estación. “-Nada, te llevó a casa”-contestó Pepito ante mí asombro. Decir que mi casa estaba a 20Km de distancia.
Se dirigió hacía la autopista y yo volví a sorprenderme cuando tomó la dirección contraria.
-Oye, que mi casa está para el otro lado- dije ya un poco molesta.
-Ya, pero primero tengo que hacer una gestión.
Con el coche nos dirigimos a un hotel que se encontraba en mitad de la autopista, paró el automóvil en el parking y me sugirió que bajara.
Yo cada vez más extrañada bajé del coche, entramos en el hotel, fuimos a la cafetería, nos sentamos en una mesa, me preguntó que quería tomar. Estaba claro que me iba a beber un café para despejar la mente.
Al final pregunté:
-¿Se puede saber que hacemos aquí?
-He quedado con uno que quiere comprarme un caballo.
Aclarar que Pepito era profesor de equitación y tenía un negocio de caballos.
-Y… ¿dónde está?
-Ahora preguntaré en recepción. Pepito se dirigió a la entrada del hotel y yo me quedé tomando el café desconcertada, sin saber muy bien de que palo iba todo aquello.
El compañero volvió se acercó a la mesa, se quedó de pie y me preguntó:
-¿Subes?
-¿A dónde?
-A la habitación.
Me lo quedé mirando y lo único que se me ocurrió decir fue:
-Sube tú que yo te espero aquí- en aquel momento reaccioné, porque creo que me había quedado pasmada, y añadí- mejor, voy a llamar por teléfono para que me vengan a buscar.
Pepito, empezó a reír a carcajada limpia mientras iba diciendo:
-¡Qué cara has puesto! ¡Es broma!
Yo no tenía ni pizca de ganas de reírme, se me puso cara de mala leche. Pepito al ver mi estado, paró de reír.
- Venga, vamos que te llevo a casa.
Durante el trayecto, Pepito me miraba, se reía e iba diciendo:
-Tenías que haber visto la cara que has puesto. Si hubiera tenido una cámara te hubiera echado una foto ¡Jajaja!
Yo no medié palabra, por mi cabeza pasaba el relato de “Caperucita roja y el lobo”. Y me iba repitiendo una y otra vez el fragmento en que ella, Caperucita, pregunta al Lobo sin saber que es el Lobo: “¡Abuelita, abuelita! ¿Por qué tienes la boca tan grande?” y el Lobo responde: “¡Para comerte mejor!”

Llegamos a mi ciudad, la autopista comunica directamente con la avenida principal. Pepito, preguntó hacía dónde tenía que tirar, yo contesté que parara allí mismo. Lloviznaba, y él se empeñaba en dejarme en la puerta de casa. Muy seria volví a repetirle que detuviera el coche.
Al final obedeció mi indicación, bajé del coche, Pepito todavía iba repitiendo:”Qué cara has puesto. Tenías que haberla visto”. Yo me despedí con un portazo.
Caminaba despacio por la avenida, la suave lluvia iba mojando mi pelo, refrescaba mi cara, mientras yo ofuscada me preguntaba: “Pero… ¿Cómo se puede llegar a ser tan simple? ¿Y yo tan tonta?”
El relato podría continuar con todo lo que aconteció los días siguientes en el trabajo cuando tuve que volver a ver a Pepito. Me alargaría mucho. Decir qué para todas mis compañeras la comida transcurrió divertida, sólo le explique a una de ellas todo lo que había ocurrido. A Pepito estuve más de una semana sin dirigirle la palabra y evitando su presencia hasta que un día me pilló a solas en el archivo, cuando lo vi allí, yo altiva hice ver que no estaba, él me cogió de un brazo y me preguntó:
-¿Todavía estas enfadada?
-¿A ti que te parece?
-Fue una broma.
-¿Sí? Y si hubiera subido ¿Qué?
-¡Ah! Entonces hubiera sido perfecto.
-¿Sabes? Eres un capullo- No pude más que ponerme a reír, me reía de mí. Pepito, como no, también reía. Hicimos las paces. Desde aquel día nuestra relación fue más amigable por decirlo así, nos convertimos en buenos compañeros de trabajo, sin más.
Después de lo ocurrido, yo llegué a una conclusión, me dije: Lluna, la próxima vez que apuestes, si es que apuestas, juégate un inocente café o dinero.







pgm dijo
Lastima que aún haya muchos "pepitos" sueltos por el mundo.....
Un abrazo Lluna y un placer volver a leerte con tranquilidad y sin prisas :P
14 Octubre 2007 | 07:29 PM